Carlos CARRASCO NAVARRO
La Capilla de Santa Ana en la Catedral, Patrona de la ciudad de Tudela, supone uno de los proyectos más logrados y excepcional muestra del barroco navarro, un abigarrado conjunto de primera calidad. Se trata de una construcción de ladrillo y planta ochavada, cupulado al interior sobre un importante cuerpo de ventanas y rematado por una linterna; se adosa a la nave norte del templo medieval, formando conjunto con las otras intervenciones barrocas de dicha Catedral que ampliaron la planta románica: éstas son la nueva Sacristía Mayor, la colindante Torre Principal erigida un poco antes, y la Capilla del Espíritu Santo, en el lado contrario.

La Capilla que nos ocupa se presenta como imagen de una época —el siglo XVIII—, llena de complejos programas iconográficos lanzados directamente a los sentidos mediante cegadores despliegues polícromos, suntuosos materiales y envolventes yeserías, conformando una abrumadora exuberancia decorativa. Sin embargo, a los ojos contemporáneos no deja de resultar atrayente por su propia condición excesiva, más aún dentro de nuestra modernidad tendente al minimalismo y condenatoria de cualquier atisbo de decorativismo.
Paradójicamente, dicha censura comenzó prontamente en las últimas décadas de ese mismo siglo, dentro de la estética neoclásica y al poco tiempo de culminarse dicha capilla en los años centrales de la centuria. En ese momento y al igual que el otro conjunto comparable a éste que nos ocupa, la Capilla de San Fermín en Pamplona, sufrió las iras reformadoras mediante el encalado completo de sus yeserías. Por fortuna, el castigo se quedó ahí y no fueron “afeitadas” sus yeserías y sustituidas por relieves neoclásicos como sí ocurrió en la capilla capitalina: por tanto, en épocas posteriores más transigentes fue posible restaurar la Capilla del modo en que ahora podemos admirarla. En 1948 se eliminó la gruesa capa blanca que cubría todos los muros de la Capilla, retirando la gruesa capa de cal y recuperando con ello la policromía original; de nuevo entre 1984 y 1989, se volvió a restaurar centrándose en la recuperación de la policromía, aunque la humedad que la castiga reaparece obstinadamente en algunas partes.
La historia entre Tudela y la madre de María —Santa Ana—, comienza a cobrar importancia en 1530 cuando es elegida patrona como cumplimiento de la promesa formulada si ella libraba a la ciudad de la peste, como así fue. Anteriormente la ciudad vivía bajo la advocación de San Pedro Ad Vincula, cuyo origen se sitúa en la fecha de culminación de la reconquista en el siglo XII. Así vemos cómo comienza la curiosa relación entre un pueblo y su patrona, basada en rogativas. Se la invoca en sequías, pedriscos, tormentas, enfermedades… y visto que continúa entre nosotros, podemos pensar que las concesiones han sido muchas.

LA IMAGEN DE SANTA ANA
La imagen hoy venerada como principal en la Capilla de la Catedral, es una escultura gótica del siglo XIII o XIV, cubierta con un gran manto que se cambia siguiendo el calendario litúrgico, y del que solo asoman la mano y la cabeza de Santa Ana, la de la Virgen María y la cabecita del Niño Jesús. En imágenes y mantos antiguos, se aprecia una segunda mano correspondiente a María, pero que con el tiempo se terminó por eliminar. La costumbre barroca de vestir a las imágenes, en este caso oculta un gran desaguisado. Muchas veces se ha loado la belleza de Santa Ana, tan lozana sin las arrugas propias de su edad y de su condición de abuela; tal rejuvenecimiento no se debe a otra cosa a que la imagen corresponde a una imagen transformada de la Virgen con el Niño en su regazo.

El proceso es el siguiente: el rostro de María pasa a ser ahora el de Santa Ana, el de Jesús será María y se le añadió un niño para completar la escena. Todo ello se disimula mediante el manto tendido sobre unas tablas clavadas en la figura, pelucas en las cabezas, y el aserrado de partes como rodillas y brazos sobrantes. Un dibujo basado en una fotografía antigua sirve para poder apreciar como luciría sin el manto. Esta tradición de vestir a los santos se encuentra muy extendida en España e incluso hasta el siglo XVIII, de la Virgen del Pilar de Zaragoza solo asomaba la cabeza de su ya por sí pequeña imagen. Resulta innecesario recordar que cualquier intento por restaurar la imagen ha resultado infructuoso al prevalecer el aspecto tradicional de esta imagen dedicada al culto, que se encuentra fuertemente arraigada en la devoción y costumbrismo local.
La historia de Santa Ana es muy curiosa y nace de la necesidad popular por satisfacer su curiosidad acerca de la Virgen y su familia, la cual se encuentra reflejada en su capilla catedralicia. La falta de información acerca de la madre de María en la Biblia es suplida por la leyenda (ya que los Evangelios Canónicos comienzan con la Anunciación) y por los denominados Evangelios Apócrifos. En ellos se cuenta que María era hija de Ana y Joaquín (Gracia y Preparación del Señor en hebreo respectivamente). Según esta tradición, Ana llevaba muchos años casada y no podía tener hijos, y en una época donde la esterilidad era considerada castigo divino por pecados cometidos, su marido Joaquín sufría el rechazo de sus ofrendas en el templo, por lo que decide retirarse al campo. En eso que el Arcángel San Gabriel se aparece simultáneamente a los esposos separados, anunciándoles que serían padres de un niño. En ese momento corren ambos a encontrarse ante la Puerta Dorada de Jerusalén donde según la leyenda, en el momento del beso de ambos es concebida María.
Las representaciones artísticas de Santa Ana van acompañadas siempre de su hija que es quien le da sentido teológico, y más frecuentemente también por su nieto, formando lo que se ha denominado “Trinidad en la tierra” o Sagrada Familia. Santa Ana, como ya hemos visto, es una persona mayor cuando tiene a su hija por lo que se la imagina envejecida con una diferencia de edad mayor con su primogénita que la que tendría una madre normal con su hijo. Esto se aprecia bien en una imagen de Santa Ana y la Virgen Niña que procede de la Iglesia de la Magdalena —actualmente en el Museo de Tudela—, realizada a finales del siglo XVIII por el escultor catalán Amadeu. Igualmente existe otra escultura del mismo estilo que representa a San Joaquín en actitud de adorar a su esposa e hija. Esta imagen es la que se coloca en la Capilla de la Catedral cuando la principal preside el altar mayor durante la novena, celebrada durante la segunda quincena de julio antes de su festividad el día 26; existe una copia muy venerada en la Parroquia de Nª Sª de Lourdes.

Otra imagen muy apreciada es la llamada “Santa Ana la Vieja” en la Iglesia de la Magdalena. Así se denomina en comparación con la principal, pero sin embargo la de la Catedral como ya se ha comentado, es más antigua que ésta que se data a finales del siglo XV y se considera que procede del Norte de Europa debido a la angulosidad de los paños. El grupo escultórico sigue una estructura piramidal con Santa Ana y María, ambas sentadas una junto a la otra mientras Jesús alcanza un racimo que tiene su abuela, encima de un libro. La presencia de la uva guarda relación con la profecía del martirio de Jesús, a través del vino que la Eucaristía que no es otra cosa que la sangre del Señor. Igualmente es símbolo de la Pasión el color rojo del manto de Santa Ana. Es curioso observar cómo su figura es más grande que la de su hija, siguiendo un antiguo simbolismo por el cual el tamaño físico reflejo del estatus social concedido a los ancianos. María expresa su juventud a través de unos cabellos largos y rizados. Recordemos que es muy joven cuando se queda embarazada por lo que es posible la convivencia de las tres generaciones a pesar de la tardía maternidad de Santa Ana.

HISTORIA DE LA CAPILLA
Centrándonos en lo que nos ocupa, la Capilla de Santa Ana de la Catedral de Tudela, es la tercera que dicha Santa posee en el templo. En un primer momento se le otorgó uno de los espacios del trascoro, el más occidental de los dos de la Nave de la Epístola. En la actualidad se encuentra bajo el patronato de la Virgen de la Purificación, pero en el ático una antigua pintura de Santa Ana preside el conjunto, recordando la anterior advocación. Posteriormente, se le buscó un acomodo mejor y más digno, acorde a su rango, para lo cual se le dispuso el hueco bajo la nueva torre principal, junto a la Puerta Oeste o del Juicio; con el tiempo ha sido Capilla del Monumento de Jueves Santo y hoy se encuentra la Capilla de San Antonio. Sin embargo, tampoco se consideró suficiente, por lo que se construyó la tercera y definitiva localización, esta vez en la Nave del Evangelio entre la Capilla de la Soledad o Santa Isabel —actualmente de la Dolorosa—, y la Sacristía de los Beneficiados, ocupando el lugar de la Capilla de San Miguel. La reforma no se quedó allí, ya que para mayor gloria y lucimiento de la Patrona y su capilla, que como queda demostrado era el principal afán de los tudelanos, se remodeló el trascoro para rebajarlo y aportar mayor luz al nuevo espacio. Con el mismo fin, se trasladó el órgano de un lado al opuesto del coro en la nave principal.
Las obras promovidas por el Concejo, propietario de la Capilla y estando gestionado el culto por una Congregación, comenzaron en 1712 y debía ser ”la más ostentosa que pueda haber en toda la comarca”, tal y como se refleja en la escritura del notario Pedro Mediano. Se prolongaron hasta 1725, recibiendo numerosos donativos de tudelanos ilustres y de los más humildes también, mediante cajas petitorias dispuestas por todas las parroquias. El diseño se puede atribuir al tracista carmelita Fray Bernardo de San José, muy activo en la Ribera durante el Barroco. Juan Antonio Marzal, miembro de un importante linaje local de albañiles y arquitectos, fue el encargado de construir el edificio; a su vez, el maestro cantero Juan Lezcano lo fue del pedestal de piedra, del suelo y del zócalo interior de mármol y jaspe.
CONJUNTO DECORATIVO DE LA CAPILLA
Sin embargo, lo realmente interesante es el conjunto decorativo en el que se desarrollan dos ciclos iconográficos: uno sobre los familiares de la Virgen —con su madre Santa Ana en el retablo frontal—, y otro más genérico dedicado a la estructura de la Iglesia.
La familia de Santa Ana era extensa y además de la Virgen, la parte más conocida es la de su sobrina Santa Isabel, prima de María y madre de San Juan Bautista. Según la tradición y a pesar de su maternidad tardía, se casó tres veces y alumbró a tres hijas de nombre María: la Virgen hija de San Joaquín, una segunda hija de Cleofás, y la última, fruto de su matrimonio con Salomas. Además, siempre según la costumbre legendaria, María Cleofás tuvo por hijos a Santiago El Menor, José El Justo, San Simeón y San Judas Tadeo; y María Salomas Zebedeo era madre de Santiago El Mayor y San Juan Evangelista. Todos ellos primos de Jesús y salvo José el Justo, formaron el núcleo primigenio del apostolado considerado el origen de la Iglesia.
Por esta relación parental, no es de extrañar que en la portada de la capilla y a ambos lados, aparezcan San Juan Bautista con su cordero característico y Santiago El Mayor ataviado como peregrino. Sobre la reja de bronce y el basamento de mármol, sobrevuela San Miguel matando al Demonio con una gran lanza, ya que era el antiguo titular de la capilla que antes se levantaba allí; con ello respeta la tradición de recordar la anterior advocación de las capillas, no vaya a ser que se enfadaran al verse sustituidos y por tanto, olvidados.

El conjunto de la embocadura de la Capilla lo preside un escudo de Tudela entre ángeles, recordando que ésta es una capilla de patronato municipal. En los lados internos del acceso se encuentran San Pedro y San Pablo, pareja habitual de la iconografía cristiana.
Las paredes laterales se encuentran presididas por sendas figuras masculinas con figuras infantiles en brazos, formando una enfrentada pareja muy paternal. Se trata de San José con el Niño Jesús y San Joaquín con la Virgen Niña; acompañan a ambas sendas parejas de ángeles con ramos de flores, querubines entre nubes, jarrones, flores, guirnaldas y diversa parafernalia propia del barroco más exuberante. Sobre ambas figuras y dentro de los lunetos en tres de los cuatro lados, se disponen balcones entre ángeles que retiran pesados cortinajes, donde destaca una espléndida rejería radial con disco solar central. Como curiosidad, diremos que sólo el del lado derecho es practicable desde la cubierta interior de la colateral Capilla de la Dolorosa.

La Capilla en sí misma también es una representación de la Fe, puesto que en los machones de los ángulos se disponen los cuatro Padres de la Iglesia: San Agustín, San Ambrosio de Milán, San Jerónimo y San Gregorio Magno, los cuales sostienen físicamente la construcción como metáfora del edificio de la Iglesia. Sobre ellos, en las correspondientes pechinas y dentro de orlas vegetales coronadas e interiores avenerados, aparecen los Evangelistas y sus símbolos; San Juan acompañado por un águila, San Mateo por un niño, San Marcos por un león y San Lucas por un toro. Los cuatro están en actitud de escribir y su colocación a media altura quiere reflejar su condición de intercesores entre la tierra y el cielo.
La cúpula que comienza sobre ellos quiere representar la bóveda celeste y a Dios, mediante la figura del círculo, una geometría sin principio ni fin y que no se puede medir. La parte baja de la Capilla es por tanto de planta cuadrada ochavada, mensurable y limitada, frente a la perfección infinita de la parte alta. Con ello, la Iglesia viene a decir que para lograr la salvación y ascender al cielo hay que leer los Evangelios. Esta lectura se encuentra presente en el Arte Cristiano desde el mismo origen, siendo una disposición tradicional. La parte celestial se ve completada por la presencia de ocho Reyes de Judea entre las ventanas, donde destaca cerca del altar la figura del Rey David con el arpa. Desde los paños de la cúpula nos contemplan ángeles lujosamente vestidos, sentados portando palmas o ramas floridas; en todos menos en el central donde se dispone la Coronación de la Virgen María. La linterna se compone y apoya sobre estípites, en cuyo centro un airoso angelote con la palma dirige su mirada hacia el retablo.
EL ALTAR DE SANTA ANA
Dicho altar es de tipo baldaquino adosado, con un pequeño camarín y ventana abierta a la Plaza Vieja, que en origen aportaba un interesante y barroco efecto de Transparente que se ha perdido al cegarse mediante cortinas. La tipología es bastante infrecuente dentro del Arte Navarro, ya que sólo el Retablo del Cristo de la Guía en Fitero y el de San Fermín en Pamplona responden a este modelo, surgidos de la influencia desde Aragón donde sí que son frecuentes.
En un primer momento, se dispuso en 1724 un sencillo retablo en el testero de la Capilla, el cual fue rechazado al no encontrarse al nivel exigido de magnificencia; una vez más, nada era suficiente para la Patrona. Entre 1737 y 1751 se realiza el definitivo bajo la mano de Juan Bautista de Arizmendi que realiza las partes pétreas, y José Ortiz las de madera como maestro retablista. Los hermanos Lucas y Ángel de Olleta fueron los responsables del dorado final en 1756, culminándose de ese modo uno de los mejores retablos barrocos del Antiguo Reino, original por su estructura, lujoso en sus materiales y exuberante en su delicada decoración.
El retablo se organiza en torno al camarín de Santa Ana, que es la figura principal y central, sobre la que bascula todo el programa iconográfico. El basamento resulta magnífico por la técnica de embutido de piezas de mármoles de colores, que alterna motivos geométricos en los pedestales de las columnas, con otros vegetales y rocallas en el resto. La hornacina central se encuentra entre cuatro columnas inmensas de piedra negra, que contrastan fuertemente con el áureo conjunto. Destaca por su calidad la pareja de grandes ángeles con palmas que acompañan a la Patrona, de fina y delicada talla. Igualmente apreciable dentro del conjunto, resulta el espléndido disco solar humanizado que remata la parte central del primer piso.
Toda la planta del retablo es una sinuosa combinación de partes cóncavas y convexas, luces y sombras dentro de la intensidad sensorial del siglo XVIII, que llega a su culmen con los capiteles colgantes geométricos que se disponen detrás de las columnas; un curioso efecto que es típico del barroco ribero, presente en numerosos retablos y bóvedas de casas señoriales de este periodo.
Sobre las columnas sobresalen las cuatro Virtudes Cardinales: la Justicia con una espada y una balanza, la Prudencia con una serpiente enroscada (un animal prudente porque se enrolla para proteger la cabeza cuando se ve amenazada, aunque a veces se representa también mediante un espejo para dar a entender que, antes de actuar hay que mirarse uno mismo y reflexionar), la Templanza con dos jarras con agua y vino que se deben combinar para no caer en los extremos (falta una de las jarras y a veces se sustituye por las bridas de una montura, utilizadas para frenar el ímpetu de los caballos) y la Fortaleza que sujeta una columna, como símbolo de fuerza aunque en ocasiones puede llevar un cañón o una pequeña torre.
En el centro y sobre Santa Ana, en posición destacada se encuentra la figura alegórica de la Fe con los ojos vendados, portando un cáliz y una cruz, que es una de las Virtudes Teologales junto con la Esperanza y la Caridad. Finalmente, rematando todo el retablo reina una alegoría de la Fama, pregonando las virtudes de Santa Ana con una trompeta.
Toda la capilla es una alabanza a la Patrona de Tudela, que sin duda constituye el mejor ejemplo de Arte Barroco de la ciudad de Tudela y uno de los principales de toda Navarra; un conjunto espléndido y apabullante, repleto de referencias y decorativismo, propio de una época proclive al exceso, tan lejano a la estética contemporánea pero al mismo tiempo tan querido y arraigado en la tradición de toda una ciudad.










